lunes, 10 de noviembre de 2014

El Club del 600 (1) - La cena de los idiotas

Desde hacía treinta años los diecisiete miembros del Club de Amigos del 600 se reunían una vez al mes en el restaurante La Piel de Toro.

El origen del Club se remontaba a 1979, cuando se había disuelto la Unión de Usuarios del Utilitario al considerar la mayoría de los usuarios que la organización no respondía a criterios democráticos. Efectivamente, en aquella época los organos de decisión se encontraban en manos de una junta que determinaba de manera unilateral todas las obligaciones que los usuarios debían cumplir así como las cuotas que cada uno debía pagar. A cambio, los usuarios que formaban parte de la junta sacaban provecho de los recursos de la Unión mientras que el resto de usuarios se limitaba a poco más que a financiar los caprichos de una minoría. Era típico que los principales dirigentes consiguieran que se pusieran a punto sus coches, se restaurasen sus cromados y se mantuvieran bien engrasados sus motores con la excusa de que dichos coches debían representar a la Unión en los diferentes eventos internacionales en que participaban y que nunca consiguieron ganar. Mientras, el resto de usuarios veían como sus vehículos se iban estropeando sin que la Unión les diese apoyo alguno. Así transcurrieron algunas décadas hasta que la mayoría de los miembros decidieron crear una nueva organización donde fueran considerados socios de pleno derecho. Sin embargo los antiguos miembros de la junta pusieron una serie de condiciones para la transición. La razón social cambiaría, pero el domicilio seguiría siendo el mismo y ellos seguirían encargándose de la gestión de las cuotas y otros aspectos administrativos. Después de todo ellos eran los miembros con más experiencia y “las caras conocidas” del club dentro de la Federación Internacional de Usuarios de Vehículos a Motor. El resto de socios habían aceptado dicha solución como vía de consenso para poder seguir ejerciendo su afición favorita.

Aquel día habían jugado un partido de fútbol sala contra los archirivales del Club, los de la Cofradía del Mini. Los del 600 habían ganado el partido y por primera vez desde hacía cuarenta y dos años habían pasado de cuartos en la Liguilla de Fútbol Sala de Clubs de Microvehículos. Algunos socios estaban eufóricos y entraron en el restaurante entonando el himno del Club:
“Adelante hombre del 600, la carretera nacional es tuya…”

El mesonero se acercó a la mesa y repartió las cartas. En la primera página de la carpeta había un folio con el menú del día. Las siguientes páginas las ocupaban las especialidades del restaurante.
Cada uno de los comensales tenía una dieta diferente (tanto en gustos como en cantidades), lo que algunos denominaban “realidad diferencial”. Así, se había decidido que los socios escogiesen no sólo los platos que figuraban en el menú sino también cualquiera de los que figuraban en la carta. Por ello el camarero tuvo que emplearse a fondo y llenó tres páginas para tomar nota de la comanda.

Tras la cena no faltaron los postres, las copas y los puros (por supuesto se trataba de un restaurante habilitado para fumadores).
Y por fin llegó la hora de pagar la cuenta. El presidente del club, que como venía siendo tradicional era el señor Calderón, dijo:
- Señores, la cuenta asciende a 798 euros. Como el señor Aranguren está excluido del reparto desde la refundación del club, salimos a 50 euros por cabeza.
El señor Trujillo, conocido por ser un gourmet de los productos ibéricos, de los que había dado buena cuenta replicó:
- Cómo ustedes saben mis ingresos actuales no me permiten costear mi parte de la cuenta, pero confío como en otras ocasiones en la amabilidad de los socios.
- No se preocupe. – dijo Calderón – Sabemos las dificultades económicas por las que están pasando algunos de nuestros socios como usted mismo y los señores Carmona y Carvalho. Por supuesto efectuaremos las correcciones oportunas para que todos podamos seguir acudiendo a estas cenas independientemente de nuestras posibilidades económicas.
Pero el señor Fábregas, que sólo había pedido una sopa de galets, unos canelones y un postre “de mùsic”, no lo tenía tan claro:
- Pero eso no es justo. Mi cena ha costado mucho menos que la del señor Trujillo. Créanme que a mí también me gustan todas las cosas que han comido los demás. Pero he intentado no salirme de lo razonable.
El resto de los comensales miraron con desprecio al díscolo miembro mientras algunos reían entre ellos burlándose de su acento.
- Le llamo al orden señor Fábregas, la pervivencia de nuestro club pasa por la solidaridad, y usted no está siendo solidario con nuestros miembros más desfavorecidos. Le ruego que abone la parte de la cuenta que le corresponde y no se hable más.
- Al menos permítanme que en la próxima ocasión me traiga la comida en una “carmanyola” tal como hace nuestro colega el señor Aranguren, que hace años que no participa de la cuenta y no por ello es tildado de insolidario por ustedes.
- ¿Una qué...?
- Un “tupper” señor presidente. - apuntó Suñer, el secretario del club.
El presidente montó en cólera:
- El señor Aranguren es un caso totalmente diferente, él se trae la comida de casa por problemas de salud. Su desfachatez es impresionante señor Fábregas. Además, es preferible que pueda seguir acudiendo a estas cenas mensuales, y no que, como nos ha sugerido ya en alguna ocasión tenga que dejar de hacerlo por prescripción facultativa. – y dirigiéndose al comensal de su derecha añadió: - ¿No es increíble tanta insolidaridad?
El señor Fábregas completamente desanimado tuvo que ceder:
- ¿Cuánto hay que pagar?

Mientras volvía a casa a bordo de su viejo 600, Fábregas se cruzó con un 850 tuneado. Le entraron unas ganas tremendas de cambiar de club. ¿Quién podría reprochárselo?

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